Después de morir.

Estuve un tiempo antes de que mi abuela falleciera pensando inconscientemente en el funeral que me habría gustado organizarle. Pensé hasta en las invitaciones. Incluiría a David Bisbal, a Joaquín Sabina, muchos cubatas, Sálvame de fondo. Quizá todas sus fotos, las de su vida compartida, expuestas para recordar y sonreír. Quizá un poco de arena de La Manga. Compartiríamos nuestros mejores recuerdos de ella, la filosofía que nos inculcó. Sería amargo, como lo es cualquier pérdida (más aún la suya); pero no sería negro.

En lugar de eso, me encuentro con una tradición cristiana que potencia el extender el duelo de una manera muy pública; no vale con el entierro, un par de semanas después resulta que se organiza un funeral. Es un evento que se espera de los familiares (“por desgracia no puedo pasarme por el tanatorio, pero ya me avisas cuando sea el funeral vale?”); y yo no puedo más que verlo como un deseo de revolver una tragedia de una manera muy pública y muy absurda. Como si no fuera suficiente pasar el duelo en soledad, como si no fuera suficiente pasarlo en la compañía cercana; como si además hubiera que pasarlo delante de un cura, no en una sino en dos misas (curiosidad: resulta que el motivo por el que se organizan dos misas es porque antaño las mujeres no podían asistir a entierros ni cementerios; tradición que hasta ahora nadie se ha cuestionado). Y mejor no os cuento lo absurdo que es pasar todo esto no siendo creyente (quizás la única de mi familia).

Gestionar la muerte de mi abuela de cara a la sociedad no es algo que se me haya asignado a mí. Es una labor de la que se encarga su hijo, que gestiona las expectativas de todos lo mejor que puede; porque él tampoco se lo plantea. Hay luchas que no vale la pena luchar cuando hablamos de un dolor tan engranado en cada uno de nosotros. Probablemente es una lucha que tampoco deba luchar por mis padres, cuando lleguen sus muertes, porque es lo que ellos han crecido viendo como normal, o quizás porque creen que es lo que les otorgará la paz eterna. Y precisamente quizás porque la única lucha que podré luchar sea la mía, dejo esto por escrito para los que queden.

No quiero la bendición de un cura ni antes ni después de morir, ni que me despidáis en una misa (mucho menos en dos). Me parecerá bien que me veáis tras fallecer (quizá la tradición que más macabra me parece pero que más me ha servido para asimilar una noticia así y despedirme), pero por favor incineradme, quedaros si queréis unas pocas cenizas y el resto tiradlas al mar (quizás a Cabo de Peñas). Haced una fiesta alrededor de mi muerte; haced una celebración para recordarme. El negro está prohibido con fines de luto, pero podéis llevar lo que os dé la real gana. Que nadie venga obligado; que nadie venga por otros. Que no venga nadie que no me conozca. No es obligatorio llorar; está permitido reír. Se aceptará que todos compartáis historias para recordarme colectivamente por última vez; quizá sea el ritual que más feliz me haría (siempre me ha impresionado cómo cada uno construimos el recuerdo colectivo de una persona). La música será muy bienvenida, un festín de comida también (¿qué tal una lasaña, una paella de marisco, una arepa de queso, unas patatuelas, un colacao, unas lenguas ácidas…?). ¿He dicho ya que no quiero una misa? ¿Ni dos?

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