Puntos

Es extraño, lo que me está pasando con estos puntos. Es extraño porque hacía mucho que no sentía que hacía algo por primera vez. Primeras veces más sola que en mis primeras primeras veces. Extraño. Es extraño, también, porque había un agujero y me lo han cosido. Esencialmente tengo un agujero; como lo tenía ella. Solo que a ella no se lo cosieron. Supongo que es lo que haces con la gente que está a punto de morirse. No te preocupas por ponerles puntos. Es extraño, también, por la incertidumbre. Al menos eso me han querido transmitir. Es extraño que no sienta un miedo irrefrenable. Extraño porque soy yo. Extraño porque creo que estoy cambiando. Es extraño porque mi doctora no paraba de llamarme señorita. Y señorita no tengo claro qué edad es. Extraño, extraño. Ojalá todo se quede en puntos.

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estaba yo pensando

que es mejor no compartir pensamientos depresivos

claro que entonces

¿qué tipo de conocimiento tenemos realmente de la persona que tenemos enfrente, si solo vemos una faceta?

y en ese dilema ando

de si parar de enseñarme entera

a ver si yo también empiezo a creerme sólo una faceta

o si seré lo suficientemente valiente como para digerirlas todas, las facetas y las respuestas

Reflexiones de la navidad de 2017

En esta ocasión vengo con algunas reflexiones que me han pasado por la mente en el día de hoy (25/12/2017).

  • Primera navidad ever sin mi abuela Carmen. Sin duda hacía falta. Pero como laif, pues he tenido un momento muy deep yo conmigo y con el fantasma de ella y he decidido que, en realidad, su regalo de este año era que tengo que heredar su ánimo y su energía y su filosofía vital para que pase a ser mío (como decía Albert Espinosa, ya no me llevo solo a mí…)
  • Me ha parecido muy triste el darme cuenta de que no conozco en absoluto a mis primos, especialmente a mi primo Miguel y a mi primo Pablo. Siento que si se murieran mañana no tendría casi nada que decir sobre ellos, y que si yo me muriera mañana ellos no sabrían casi nada de mí, y me da pena pensar que son vidas y humanos cercanos a los que no estoy llegando a conocer. Creo que es algo que deberíamos cambiar.
  • A todo el mundo, aunque diga que no, le gusta sentirse thought of. Me he dado cuenta con mi primo Miguel, al que nadie le había comprado nada específicamente a él más que dinero. Ha sido una valiosa lección.
  • Creo que hay un punto hasta el que puedes poner de tu parte para que a la otra persona le guste tu regalo, y no deberíamos frustrarnos por ello. Lo pienso especialmente respecto a mis padres. Son imposibles. Ni la cosa que a ti te parece más guay sabes si les pillará de buenas y les hará la ilu o se la sudará olímpicamente / les parecerá meh. Así que no pienso frustrarme nunca más al respecto. Y lo mismo respecto a sus regalos hacia mí. Si son así recibiendo thoughtful gifts, no sé exactamente qué me hace pensar que iban a ser distinto dándolos.
  • Escribir y sobretodo dar una carta tan sincera como la que le he dado hoy a mi padre es de las cosas más difíciles que he hecho hasta la fecha. Suponía todo tipo de riesgos y potenciales situaciones turbulentas. Me he querido morir mientras la leía y no sabía cómo actuar después. Me ha echado delicadamente cosas en cara al respecto. Y aun así, me alegro de habérsela dado.
  • Hay muchísimo que hacer respecto la relación entre hombres y mujeres y el feminismo. Como bien ha dicho mi tío, hay un desfase generacional entre lo que era aceptable en los 60 y la mentalidad de los 2000. He flipado escuchando lo que tiene que vivir a diario mi tía postiza Mayte, la mujer de mi padrino. Pero flipado con todas las de la ley. Y también me ha chocado un mensaje de mi padre (“ya claro, mucho feminismo pero cuando hay que cambiar una bombilla ay papá, no ay mamá”) y me ha alegrado el comeback de mi madre (“ya bueno pero cuando algo no encuentras ay mamá, a que sí”). Lo dicho, tenemos unos cacaos mentales considerables y hay MUCHO trabajo por hacer, muchas historias que desmontar, mucho que crecer. Respecto a lo de mi padrino, me quedo con Tomates Verdes Fritos y con un tweet de @noraborealis: “You know why weak men are afraid of strong, smart, connected women? Because they fucking should be.”

El porqué de seguir con mis retratos instantáneos a humanos de mi vida.

Puede parecer estupidez, porque mucha gente seguro que lo dio por abandonado cuando dejé de postear y hablar de ello hace seis meses. Hasta yo. Poco a poco me fui desencantando. O desanimando. O cerrando.

Pues bien, he decidido que nada de eso.

Como de verdad recuerdo a mi abuela al final es como la retraté en esa foto. Muchos de los retratos han sido en momentos difíciles, personas que estaban jodidas y aun así me sacaron la mejor de sus sonrisas. Y como la mayoría ha sido de gente importante para mí, sea mucho o poco, he decidido que si tuviera que huir mañana, y pudiera pararme a llevar algo, mi corazón me agradecería estos retratos. Puedo decir con certeza que cada una de esas personas ocupaban un huequito lo suficientemente especial, bien por el momento o por la persona, como para hacerles un retrato. Puedo jurarme a mí misma que estas personas se merecen la experiencia de que paremos, aunque sea incómodo, y les haga una foto. De que solo estemos ellos y yo. De que ese sea el recuerdo que guarde.

Voy a seguir. No sé si hasta 100 o hasta 100 mil. Porque tengo una vida con delante y toda esa gente, toda esa gente que he retratado y, sobre todo, toda esa gente que aún no he retratado, merece un huequito en mi memoria. Y en papel fotográfico instantáneo (mi forma favorita de magia).

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Después de morir.

Estuve un tiempo antes de que mi abuela falleciera pensando inconscientemente en el funeral que me habría gustado organizarle. Pensé hasta en las invitaciones. Incluiría a David Bisbal, a Joaquín Sabina, muchos cubatas, Sálvame de fondo. Quizá todas sus fotos, las de su vida compartida, expuestas para recordar y sonreír. Quizá un poco de arena de La Manga. Compartiríamos nuestros mejores recuerdos de ella, la filosofía que nos inculcó. Sería amargo, como lo es cualquier pérdida (más aún la suya); pero no sería negro.

En lugar de eso, me encuentro con una tradición cristiana que potencia el extender el duelo de una manera muy pública; no vale con el entierro, un par de semanas después resulta que se organiza un funeral. Es un evento que se espera de los familiares (“por desgracia no puedo pasarme por el tanatorio, pero ya me avisas cuando sea el funeral vale?”); y yo no puedo más que verlo como un deseo de revolver una tragedia de una manera muy pública y muy absurda. Como si no fuera suficiente pasar el duelo en soledad, como si no fuera suficiente pasarlo en la compañía cercana; como si además hubiera que pasarlo delante de un cura, no en una sino en dos misas (curiosidad: resulta que el motivo por el que se organizan dos misas es porque antaño las mujeres no podían asistir a entierros ni cementerios; tradición que hasta ahora nadie se ha cuestionado). Y mejor no os cuento lo absurdo que es pasar todo esto no siendo creyente (quizás la única de mi familia).

Gestionar la muerte de mi abuela de cara a la sociedad no es algo que se me haya asignado a mí. Es una labor de la que se encarga su hijo, que gestiona las expectativas de todos lo mejor que puede; porque él tampoco se lo plantea. Hay luchas que no vale la pena luchar cuando hablamos de un dolor tan engranado en cada uno de nosotros. Probablemente es una lucha que tampoco deba luchar por mis padres, cuando lleguen sus muertes, porque es lo que ellos han crecido viendo como normal, o quizás porque creen que es lo que les otorgará la paz eterna. Y precisamente quizás porque la única lucha que podré luchar sea la mía, dejo esto por escrito para los que queden.

No quiero la bendición de un cura ni antes ni después de morir, ni que me despidáis en una misa (mucho menos en dos). Me parecerá bien que me veáis tras fallecer (quizá la tradición que más macabra me parece pero que más me ha servido para asimilar una noticia así y despedirme), pero por favor incineradme, quedaros si queréis unas pocas cenizas y el resto tiradlas al mar (quizás a Cabo de Peñas). Haced una fiesta alrededor de mi muerte; haced una celebración para recordarme. El negro está prohibido con fines de luto, pero podéis llevar lo que os dé la real gana. Que nadie venga obligado; que nadie venga por otros. Que no venga nadie que no me conozca. No es obligatorio llorar; está permitido reír. Se aceptará que todos compartáis historias para recordarme colectivamente por última vez; quizá sea el ritual que más feliz me haría (siempre me ha impresionado cómo cada uno construimos el recuerdo colectivo de una persona). La música será muy bienvenida, un festín de comida también (¿qué tal una lasaña, una paella de marisco, una arepa de queso, unas patatuelas, un colacao, unas lenguas ácidas…?). ¿He dicho ya que no quiero una misa? ¿Ni dos?

Historia de una camiseta.

Me acuerdo de cuándo la vi por primera vez. Hace aproximadamente dos años, cuando estaba saliendo con él y paralelamente entraba y salía de depresiones de las mías. Me pareció un choque de realidad que necesitaba tener. Me hacía sentir pequeña, como que mis bajonas no eran tan big deal. Me encantaba. Me parecía la mejor camiseta del mundo. Jurao.

La he rescatado hoy, tras meses sin ponérmela. La he mirado, irónica como es ella, y me ha hecho gracia; esa gracia que es ácida y que, en realidad, no tiene ni puta gracia. Y me he acordado del universo y me he cagado en todos sus muertos. Ahora no sé si quemarla o usarla de paño para las lágrimas. Qué hija de puta ella. Lo más gracioso es que la llevo puesta; a ver si con el zasca asimilo mejor. Todo parece indicar que no.

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C.